Primeros pobladores de Santa Clara del Mar
Por: Esteban Garvie
En los comienzos era el campo. Pero al pronunciarse la palabra “loteo” apareció un espacio geográfico delimitado por calles y terrenos. En ella se injertó un embrión de urbanización, de la que surgió el pueblo actual.
Habría entonces dos vertientes a considerar para dar cuenta de la historia de Santa Clara. . La primera es la que conforman los colonos que trabajaban la tierra, en general arrendada a las estancias de la zona. Podrían llamarse los originales, no los originarios, puesto ellos también recalaron en la zona luego de duras migraciones campesinas, precedidas a su vez por desembarcos desde la lejana y empobrecida España.
Sobre la base lejana y épica de los originales, se agregó un segundo movimiento, que podríamos caracterizar de aluvional, constituido por quienes fueron ocupando esos terrenos, y construyendo sus casas. Éstos tenían un perfil totalmente diferente.
A menudo viajaban desde Buenos Aires para ocupar sus casas de veraneo en las temporadas, o en cortas visitas de feriados largos. Su aparición era tan fugaz como su retirada, acompañada generalmente por la fanfarria del verano. También hubo algunos pocos que se instalaron todo el año en la joven localidad, entre los cuales se contaron mis padres. Existía un corte entre aquella gradual invasión que provenía de los grandes centros urbanos, y aquellos que de un modo u otro resistían el avance de los hunos citadinos.
Algunos de los originarios seguían vinculados a las actividades de campo,
mientras que otros gradualmente cedían y se incorporaban a la red de servicios que requería el desarrollo de una localidad turística.
Mis propios recuerdos pertenecen a ese momento de transición. Nosotros éramos de los aluvionales, y de un pequeño subgrupo desprendido de ellos, que eligió vivir permanentemente en el lugar. En general estaban vinculados a los esbozos logísticos de un balneario. Todos teníamos cierta marca de refugiados, ya fuera de la vida o de los malestares de Europa. Nicolás y Brigitte Baruch, los concesionarios del Viejo Contrabandista, huyendo de cierto embrollo de post-guerra, luego de resistir el avance antisemita nazi en Francia. Su empleada Antonia, de alguna convulsión balcánica. Gilberto Tiépolo y su delicada esposa Asunta, que animaban los primeros esfuerzos en construcción y hotelería a la vez que buscaban nuevos horizontes lejos de su herida Italia. Estaba la familia de don Yoos, él quizás el más paisano de todos, aunque sus rasgos delataban su origen de gringo caucásico. También estaba la familia de don Hans Sailer, cuya mentalidad suiza no podía comprender porqué la economía argentina se había empeñando en devastar su pequeña industria de bonitas cintas decorativas. Y finalmente también los míos, mi madre una inglesita extraviada, y mi padre, noruego exorbitado, que presintiendo la cercanía de la muerte, buscaba la orilla del mar.
De niño vivía apenas dos meses de contemplación embriagada de la cultura veraniega, para luego ingresar en otro ritmo, otro tiempo, y otro modo de vivir que abarcaba el resto del año de una Santa Clara solitaria. La interacción humana se espaciaba, se ralentizaba, y ponía en descubierto los matices humanos que el turismo ignoraba.
Entonces la mirada cambiaba, y aparecían los vestigios de la cultura de aquella tierra
de chacareros. Era el mundo de apellidos sonoros como los Oronó, los Berdasco, los Degorgue, los Cabano, junto a los ineluctables López, Sánchez, Méndez, Jiménez y Fernández, y tantos otros... Se trata de los tiempos de los que da testimonio Manuel Hernández, cuyo hablar es tan típico de aquellos tiempos y de aquellas gentes. Por lo tanto no se trataba de una experiencia de vacío para el niño que quedaba sólo luego de la partida de sus amiguitos, sino el de un cambio de registro, que causaba perplejidad,
extrañamiento y quizás temor, pero también atracción. La ventana a la que podía asomarme a la escena de alteridad fue aquella escuela de la que habla Manuel, ya no la de aquellos primeros tutores idóneos o aficionados. Era aquella que cobijaban los Orensanz en su chalet “La Marinera” y luego en los establos de la primera Posta del Ángel. Escuela concurrida por los niños a caballo o en “charré”, y atendida por aquella maestra heroica casi adolescente, que arriaba a caballo a los padres para lograr el apoyo a su cooperadora escolar.
Es que con el nombre “Los Orensanz” los locales designaban las familias de dos hermanos, Antonio y José María, que compartían su condición de fundadores, pero que ocupaban lugares diferentes ante la comunidad. Antonio era el inventor inmobiliario, y el que soñaba con el desarrollo y la modernidad. Iba y venía desde y hacia Buenos Aires, alentando a más y más aluvionales a que invirtieran en la zona. José María en cambio,
junto siempre a María Luisa, fueron de aquellos que se establecieron todo el año en el pueblo. En su calidad de vecinos permanentes, funcionaron como articuladores culturales entre dos tiempos, dos estilos o formas de existencia. Tenían una ética del arte, y de la contemplación admirada de todo tipo de humanidad. Así fue que buscaron integrar a originales con aluvionales, ofreciendo espacios de encuentro para que de a poco se generara un sentido de comunidad. Es la tradición que siguen transmitiendo Juancho, Lydia, y demás colaboradores de la Casa Azul, donde encuentra continuidad aquella señera ABC y de la primera Posta. Con la misma apuesta de aquellos tiempos reproducen el milagro de un arte que sirve de inspiración para los niños y adultos de
hoy.
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